No Eres Un Capricho

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—Camilooooooooooooooooooooooo, necesito de tu ayudaaaaaa.
—Aaaaaah, deja de estar jodiendo tanto, ¿qué pasó? —respondió Camilo, ya irritado—. Como sea algo sobre Valentina, juro que dejo la conversación ahora mismo. Me tienes cansado con el mismo tema.
—Pero ¿por qué eres así? Solo quiero tu ayuda en algo.
Samuel se acercó a su mejor amigo y lo agarró del brazo antes de que pudiera levantarse.
—¿Que por qué soy así? ¿No será porque me vienes haciendo la misma pregunta durante seis meses y todavía no has concretado nada? Suéltame, ya eso es tu problema.
—O me escuchas o te hago una llave.
Samuel lo agarró desde atrás con fuerza.
—Oye, o me sueltas o ya vas a ver, malpa...
Samuel apretó un poco más.
—¡Ya, ya, yaaaaaa! ¡Ya entendí! Suéltame, que no puedo respirar... Por favor.
Samuel finalmente lo soltó.
—Eres un desgraciado... Casi me matas.
—Era un mal necesario.
Camilo recuperó el aliento y lo miró.
—En fin, no sé ni qué te preocupa. Eres alto, deportista, tienes buen parecido y tampoco es que seas un bruto. Eres un buen partido. Hasta ya has tenido novia. ¡ENTONCES, POR QUÉ NO VAS Y ATACAS!
—Mmm... no lo sé. Es que con Valen el asunto es distinto... O eso pienso yo.
—Pues obvio que será distinto. Valentina siempre ha sido tu mejor amiga.
—Oye, primero, me gusta desde hace unos meses, no desde que la conocí. Segundo, yo siempre respeté y amé a mis novias, ¿okay? Nunca hice nada que afectara mi relación con ellas y tampoco me dejé llevar por la tentación.
—Así dicen...
—Malparido.
—El asunto no es ese. Sé que Valentina siempre ha sido tu mejor amiga y que apenas ahora te estás dando cuenta de tus sentimientos, pero, bro, ya es demasiado tarde. Tenemos dieciocho años, estamos a un mes de graduarnos y tú quieres estudiar en otra ciudad.
—Yo sé, pero...
—¿Acaso quieres una relación a distancia?
Samuel se quedó pensando.
—Mmm... si es con ella, puede ser.
Camilo lo miró fijamente.
—¿En serio?
—Pues no es como si me fuera del país. Nos podemos ver en vacaciones o cada vez que pueda regresar acá.
—¿Y el resto del tiempo qué?
—No pues... ¿por videollamada, no?
—Ajá... —Camilo siguió mirándolo—. No estás siendo sincero contigo mismo, Samuel. Tú y yo sabemos que no soportas las relaciones a distancia.
Samuel bajó la mirada.
—Pero ¿y entonces qué hago con esto que siento?
Camilo suspiró.
—Hermano, la verdad, si yo fuera tú, me llevaría eso a la tumba. Yo no arruinaría mi amistad de cinco años por un capricho.
Samuel levantó la mirada.
—Lo mío no es un capricho.
—¿Ah, no? Entonces, ¿quién es el idiota que se quiere declarar sin posibilidades y, además, sin poder concretar nada porque se va a otra ciudad?
—Pero no por eso es un capricho.
—Ajá, te creo mucho. En fin, déjame dormir. Piensa bien en lo que te dije si no quieres cagarla. Descansa, gordo.
Camilo se acomodó en la cama y poco después empezó a roncar.
Samuel permaneció despierto.
Las palabras de Camilo resonaron en su cabeza como una especie de conjuro.
No cagarla.
Era lo único que podía pensar.
—Bue... ya se durmió este man. Voy a tratar de dormirme y pensar mejor las cosas mañana. Tal vez sí la estoy cagando.
Samuel se recostó boca arriba.
¿Será que le digo o mejor seguimos siendo mejores amigos?
Era una pregunta difícil.
Samuel siempre había sido atrevido. No tenía demasiados problemas para hablar con la gente, hacer amigos o incluso acercarse a una chica. Pero esta vez tenía miedo.
Valentina no era simplemente la chica que le parecía bonita.
Era su mejor amiga desde hacía siete años.
Era su confidente.
Su soporte emocional.
La persona con la que podía ser él mismo.
Samuel podía estar rodeado de personas todo el tiempo y aun así sentirse solo. Realmente solo hablaba de ciertas cosas con Camilo y Valentina.
Todos querían a Samuel.
Pero Samuel solo quería realmente a ellos dos.
Y eso era precisamente lo que más le molestaba.
Reconocerlo significaba aceptar que, si daba un paso en falso, una parte importante de su vida podía irse al carajo.
Aunque me da mucha angustia imaginarme el hecho de separarme de ella...
Intentó cerrar los ojos.
Sobrepensar no me ayudará en nada. Además, ya la cerveza me dio sueño.
Poco a poco comenzó a quedarse dormido.
Solo necesito una pista...
Sus pensamientos empezaron a mezclarse.
Sobre qué hacer...
Si Dios de verdad existe... quiero que hoy mismo me dé una señal.
Y me diga si... ella y yo...
Ella... y yo...
Entonces se quedó dormido.
Samuel abrió los ojos lentamente.
Los rayos del sol aparecían y desaparecían entre las hojas que se movían con la brisa.
Cuando finalmente pudo acostumbrarse a la luz, se dio cuenta de que estaba acostado sobre la hierba.
Se sentó.
—Pero... ¿qué carajos?
Estaba en medio de un bosque.
Frente a él había un sendero que conducía hacia una ciudad medieval. Los árboles tenían formas extrañas y curvadas, algunos con siluetas en forma de S. Los arbustos y las flores tenían colores cálidos que contrastaban con los verdes del paisaje.
Samuel miró alrededor.
—Este lugar es asombroso... Pero necesito encontrar un lugar.
A lo lejos pudo ver un enorme castillo sobre una zona montañosa y, en la bajada, un pueblo.
—Ah, ya encontré una civilización. Qué conveniente... Mmm, okay, definitivamente no estoy en Colombia.
Samuel suspiró.
—Aaaaagh, qué estrés. En fin, tampoco es que sea muy seguro quedarme aquí en mitad de la nada. Me tocará caminar hasta allá.
Comenzó a avanzar.
Al principio tenía miedo, pero poco a poco empezó a disfrutar el paisaje.
Había mariposas que nunca había visto, animales dóciles que se acercaban a jugar con él, pequeños dragones, hadas que le sonreían y le susurraban cosas que no podía entender y hasta jabalíes con cuernos extraños.
Samuel sonrió.
—Esto parece tan irreal... ¿No estaré soñando?
Miró uno de los pequeños dragones.
—Nada de esto tiene sentido. En fin, si estoy soñando, no quiero despertarme. Este parece que va a ser un buen sueño. Tal vez me convierta en un gran guerrero y pelee contra algún rey demonio o algo así.
Llegó a las puertas del reino.
Había soldados enormes con armaduras metálicas y lanzas.
Samuel inmediatamente perdió la sonrisa.
—Aaaah... esta gente no se ve muy amigable. Aunque es increíble, de verdad son caballeros de un reino.
Miró hacia atrás.
—Nah, esto se ve demasiado conveniente. Mejor me voy. No sé por qué, pero siento un mal presentimiento.
—Oye, tú. ¿Qué haces ahí parado en la entrada?
Samuel se congeló.
Mierda, ya me vieron.
Mejor los ignoro y doy media vuelta.
—Oye, ¿acaso no haces caso cuando te hablan?
El guardia se acercó y lo tomó del hombro.
—¡Hey, déjame en paz! ¿Qué crees que haces?
Samuel lo miró.
Durante un instante creyó reconocer su rostro.
Pero no podía distinguirlo.
Era como si alguien le hubiera aplicado un filtro que lo hacía borroso.
Antes de poder entender quién era, el guardia lo golpeó.
Todo se volvió oscuro.
Voces.
Gritos.
Miedo.
Rabia.
—¡LEVÁNTATE!
Samuel abrió los ojos.
Estaba rodeado de fuego y destrucción.
—¿Qué carajos está pasando...? No entiendo...
—¡SAMUEL, LEVÁNTATE!
Reconoció aquella voz.
—¿Camilo? ¿Eres tú?
—¡NO TENEMOS TIEMPO! ¡NECESITAMOS MATAR AL ENEMIGO!
—¿Qué? ¿De qué estás hablando?
—¡PELEA!
Alguien lo atacó con una espada.
Samuel tomó una lanza del suelo y bloqueó el golpe.
—¡Pero qué mierdaaaa! ¿Quién eres tú?
Tampoco podía distinguir su rostro.
Pero sí podía ver sus ojos.
Rabia.
Remordimiento.
Como si Samuel hubiera hecho algo imperdonable.
—¡MALDITO TRAIDOR!
—¡NO ESTOY ENTENDIENDO NADAAAAA!
Samuel lo empujó con todas sus fuerzas.
El soldado cayó.
Pero cuando Samuel se acercó, su cuerpo comenzó a deformarse.
Se estaba derritiendo.
Su forma se convirtió en una masa parecida a un slime.
Samuel retrocedió.
¿Qué está pasando aquí...?
Levantó la mirada.
El pueblo había desaparecido.
Ahora estaba en un enorme campo de batalla.
Dos ejércitos se enfrentaban.
Un rugido monstruoso atravesó el cielo.
Samuel levantó la mirada.
Los pequeños dragones que había visto durante su recorrido ahora eran enormes bestias de guerra.
No sabía por qué, pero sintió un extraño impulso de luchar.
Como si no fuera mi primera vez.
Se acercó a uno de los dragones y lo montó.
Desde el aire pudo ver a sus compañeros del colegio.
Angie.
David.
Diego.
Camilo.
Todos estaban luchando.
Y enfrente de ellos estaba Valentina.
Samuel intentó acercarse.
No podía.
Algo invisible parecía mantenerlos separados.
Entonces Valentina fue atacada por un soldado que montaba un pájaro extremadamente veloz.
Ella cayó.
—¡NOOOOO, VALENTINAAAAA!
Samuel descendió.
La tomó entre sus brazos.
No tenía heridas visibles.
Pero su cuerpo estaba envejeciendo.
Se estaba secando.
Su vida se escapaba.
—Valentina, reacciona... ¿Qué carajos está pasando? ¿Por qué estás muriendo?
Ella abrió los ojos.
—Samuel... Te amo.
Samuel quedó paralizado.
Aunque él era cariñoso con sus amigos y había dicho esas palabras antes, esta vez fue diferente.
Sintió que aquellas dos palabras le atravesaban el pecho.
Como si, por primera vez, entendiera realmente lo que significaban.
—Valentina, yo también te amo. Por favor, no mueras... Yo... yo...
Ella lo miró.
—Ojalá en otra vida nos hubiéramos podido casar... pero en esta no se pudo.
Valentina se acercó a sus labios y lo besó.
Su cuerpo terminó de consumirse entre los brazos de Samuel.
—De verdad te amo, Valentina... Te amo.
A lo lejos apareció una enorme explosión con forma de hongo.
Avanzaba destruyéndolo todo.
Torres.
Enemigos.
Aliados.
Samuel cerró los ojos.
Y esperó su final.
—¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAH!
Samuel despertó llorando.
—¡¿POR QUÉ ESTÁS GRITANDO?! ¡DEJA DORMIR!
Camilo se había levantado asustado.
Samuel permaneció sentado, jadeando.
—¿Oye, idiota, estás...?
Camilo intentó ponerle una mano encima.
—Ahora no. Necesito tiempo.
La mamá de Camilo entró rápidamente.
—¿Muchachos, están bien? ¿Pasó algo?
—Sí, sí, todo bien, ma'. Solo que este no aguanta juego y se puso a llorar.
—Camilo, deja de ser tan brusco. ¿Estás bien, m'hijo? ¿Quieres algo de comer?
—Mami, ahora bajamos. Samuel solo quiere estar así un momento.
La mujer salió.
Camilo se quedó sentado junto a él.
—Oye, gordo, no quiero fastidiarte la existencia, pero son las doce.
Samuel abrió los ojos.
—Mierda... Mi salida con Valentina.
—Sí.
Samuel suspiró.
La verdad no me siento preparado para verla.
Quisiera cancelar, pero tampoco es que pueda.
En fin. Me pondré a recoger todo para solo tener que desayunar, alistarme y salir.
Después de bañarse y arreglarse, Samuel salió.
En el taxi hacia la casa de Valentina, empezó a imaginar escenarios.
Y, por supuesto, todos terminaban de la misma manera.
Valentina diciéndole que también lo amaba.
Valentina abrazándolo.
Valentina besándolo.
Samuel sabía que era absurdo.
La escena del sueño había sido demasiado perfecta.
Y precisamente por eso le dolía.
Había escuchado las palabras que tanto quería escuchar.
Pero sabía que aquello no era real.
Bueno, ya llegué a la casa de Valentina.
Espero que no tarde tanto en bajar como de costumbre. Siempre hace lo mismo.
Valentina finalmente apareció.
Llevaba el pelo negro lacio recién planchado, gafas cuadradas, una camisa blanca de botones un poco oversize, labios color rojo vino tinto y jean.
Samuel se quedó mirándola.
—Ajá, ¿se te perdió algo? Me andas mirando mucho.
—Te ves bien, por fin te ves como una persona decente —dijo Samuel con cierta cara seria, pero con una sonrisa pícara.
—Tú sí eres grosero, hey, ¡más encima que me visto linda para la ocasión! —dijo, fastidiada por el comentario—. Solo por hoy te la voy a dejar pasar —dijo, retomando la compostura y sonriendo un poco.
—Gracias por acompañarme, de verdad —dijo Samuel, cambiando de actitud a una más pasiva, con una mirada perdida en el suelo.
—Somos mejores amigos, hey —dijo Valentina, acercándose a Samuel y abrazándolo fuertemente—, no te preocupes por eso.
Los dos entraron al taxi.
En el trayecto, Valentina le empezó a contar a Samuel cosas de su trabajo del fin de semana, sobre cómo sus compañeros eran muy graciosos y bobos, y cómo los clientes con los que tenía que tratar eran todos unos viejos verdes.
Mientras Valentina seguía hablando y hablando, llegaron a su destino.
Los dos salieron del taxi caminando hacia la misa, que estaba a punto de comenzar.
A la puerta de la iglesia estaban familiares y amigos, casi todos vestidos de blanco, otros de negro, pero todos luciendo muy formales. Al parecer, todos giraban alrededor de una persona que estaba en la entrada.
—Ay, hola, mi vida, ¿cómo estás? Hace tiempo no te veía —dijo la mamá de Samuel al verlos pasar al lado.
—Holaaa, muy bien, señora Liliana, ¿y usted?
—Bien, bien, gracias por venir a acompañarnos en el día de hoy.
—No hay de qué.
—Me alegro de que hayas decidido venir, hijo.
—Sí... Bueno, nos vamos a sentar más adelante, ma.
—Dale, hijo, yo me quedaré por acá saludando a la gente.
A Samuel le daba un poco de pena que lo vieran con Valentina y pensaran cosas que no eran. Aunque la mayoría del tiempo se veía como un fanfarrón despreocupado, la verdad es que no le gustaba llamar mucho la atención, pero de igual forma era necesario que él estuviera adelante.
—Bueno, gracias a todos los presentes por estar aquí el día de hoy y acompañar a los familiares en la misa del difunto Julio Sánchez —dijo el sacerdote encargado de realizar la ceremonia.
Aunque Samuel ya había superado la muerte de su padre desde hacía un año, de igual manera siempre le caía como un balde de agua fría hablar sobre el tema. No era que siguiera dolido por su fallecimiento, sino que su padre era el recordatorio de que uno nunca sabe las vueltas que puede dar la vida y de que hay que hacer las cosas antes de que sea demasiado tarde.
Mmm, esperaba más gente, la verdad, aunque bueno, estamos los importantes: mi hermana, mi mamá y demás amigos cercanos de mi padre. ¿Qué pensarán al verme al lado de Valentina? ¿Pensarán que somos novios? Aunque bueno, no es momento para pensar en eso, tengo que estar concentrado en la misa...
—Oye, deja de hacer mala cara —dijo Valentina, mirando fijamente a Samuel.
—No estoy haciendo ninguna cara.
—Ajá, te creo mucho —dijo Valentina sin muchas ganas y con un tono de voz plano.
En ese momento, Valentina agarró la mano de Samuel en señal de que no estaba solo y podía contar con ella.
La misa siguió su transcurso: su mamá lloró un rato, y Samuel simplemente intentaba procesar todo como podía. Al final de la misa, Valentina se despidió de toda la familia de Samuel y los dos cogieron rumbo a realizar las demás actividades del día.
—Bueno, ya que estamos aquí, vámonos a vitrinear.
—Espera. Antes quiero hacer otra cosa.
—¿Qué?
—Vamos a comprar unas pulseras.
—¿Para qué? Si siempre se nos pierden.
—Pero estas son diferentes.
Valentina agarró la mano de Samuel y comenzó a llevarlo.
—Oye, cálmate. ¿Para dónde me llevas?
—Déjate sorprender.
Llegaron a un local.
—Son pulseras de las que no se pueden quitar.
—¿Cómo así que no se pueden quitar?
—Te ponen la pulsera y la cierran soldándola.
Samuel la miró.
—¿Y tú de verdad quieres comprar esto?
—Sí. Hace rato quería venir contigo. Vamos a combinarlas.
Samuel sonrió.
Por dentro estaba entrando en crisis.
Esto es peor de lo que pensaba.
Sí quiero comprar la pulsera, pero... no sé si debería.
Yo estoy aquí pensando en declararme y ella quiere que nos pongamos manillas soldadas.
Mierda.
¿Y ahora qué hago?
Aun así, aceptó.
Mientras les colocaban las pulseras, Samuel grababa videos y molestaba a Valentina.
Ella también sonreía.
Samuel miró la pulsera.
Esto es raro.
Pero me gusta.
Si después de hoy todo sale mal... al menos tendré esto.
Inmediatamente intentó quitarse ese pensamiento de la cabeza.
No. No va a salir mal.
Bueno... probablemente sí.
Dios, deja de pensar.
Al día siguiente, después de que Samuel y Valentina hubieran hecho un montón de cosas juntos, como ir al cine, comer helado y comprar unos peluches iguales.
Samuel fue a la casa de Camilo.
Ahí estaban David, Diego y Angie.
—Bueno, empezamos la operación, Samuel —comenzó David—. No seas pussy y dile tus sentimientos a Valentina.
—Oye, ¿cómo que pussy?
—Yo digo que leamos las cartas —dijo Angie.
—No necesito leer las cartas para saber qué es una muy mala idea —dijo Camilo.
—Hermano, la vas a cagar, mira que te lo digo —dijo Diego.
—Pero, parce, no sean así, él no puede tener siempre esos sentimientos encerrados. Él tiene que decir lo que siente para poder avanzar —dijo Angie con tono muy filosófico.
—Los cachacos no tienen opinión —dijo Camilo, harto de escuchar a Angie.
—Aaah, si sigue así de altanero nos vamos a tener que ir a los golpes.
—Uy, se le salió lo «ñero» a la parcera.
Antes de que Angie y Camilo se pararan frente a frente a pelear, David se puso en la mitad, apartándolos:
—Bueno, ya, que la reunión era para hablar sobre Samuel, no sobre sus problemas maritales.
—Mira, la verdad, hermano, yo siento que debes dejar de darle tantas vueltas al asunto, ya te lo he dicho varias veces, a nada bueno va a llevar que le digas algo a ella —dijo Diego.
—Eso mismo le vengo diciendo, pero el estúpido este no me presta atención —dijo Camilo.
—Samuel, ven, vamos a leerte las cartas mejor —insistió Angie.
—¡DEJA LAS CARTAS QUIETAS, QUE ESO NO VA A FUNCIONAR! —volvió a refutar Camilo.
—¡CRÉEME QUE SÍ!
—¡QUE NOOOOO!
David tomó la palabra, ignorando completamente a Camilo y a Angie.
—Samuel, tu amistad con ella cambió desde el momento en que empezaste a verla con otros ojos.
Samuel guardó silencio.
—Desde que sentiste celos, desde que empezaste a imaginarte un futuro con ella y desde que empezaste a preguntarte si realmente querías ser solo su mejor amigo, algo cambió.
Camilo sonrió.
—Perro faldero.
Todos comenzaron a reírse.
Samuel también.
Pero por dentro sabía que tenían razón.
—El punto es que tienes que hablar con ella —continuó David—. Si lo que quieres es preservar la amistad, eso ya cambió hace rato.
Camilo suspiró.
—La verdad, vuelvo y te digo, yo me quedaría callado, pero si quieres cagarla y venir llorando donde nosotros, entonces no te detendré.
Todos quedaron en silencio.
—Bueno, ya, mucha cháchara, tengo partido de básquet, ¿van a venir? —le preguntó a todos menos a Angie—. ¿No? —dijo, desviando totalmente el tema de la conversación.
—Yo voy —dijo Diego.
—Hermano, tienes partido todos los benditos días, yo paso —dijo David.
—¿Por qué eres tan malo conmigo? ¿Yo qué te hice? —preguntó Angie, un poco lastimada.
—Existir —dijo cortantemente Camilo—. Bueno, ¿y tú, Samuel? ¿Vienes?
—¿Vamos en el carro? —preguntó Samuel.
—Sí, me dejaron las llaves, ¿por qué?
—Porque primero quiero hacer algo.
—¿Qué? ¿Vas a recoger algo en tu casa?
—Me le voy a declarar hoy a Valentina.
Todos se quedaron congelados.
—¡QUEEEE, EN SERIOOOO?! Camilo, no seas malo, déjame ir, tengo que presenciar esto —dijo Angie mientras se emocionaba por ir.
—Ya me dieron ganas de ir —dijo David.
—Primero no —dijo Camilo mientras miraba a Angie—; segundo, hermano, estás loco. Además, ya ahorita es el partido en una hora, no puedo esperarte tanto tiempo.
—Ya vamos todos, vale verga la opinión de Camilo —dijo Diego mientras ya iba saliendo de la habitación de Camilo para ir al carro.
—Siii, vamos —dijo Angie entusiasmada.
—Oye, ya te dije que no vas —dijo Camilo.
Todos bajaron y se montaron en el carro, riéndose y emocionados por lo que iban a hacer.
Samuel miraba su celular.
El día anterior, justamente, había escrito una carta para Valentina.
Una carta que solo Camilo sabía que existía.
—Pase lo que pase, estamos aquí —dijo Camilo.
—Así es —dijo Diego.
—¡Ánimo! —gritó Angie.
Llegaron.
Samuel bajó.
Ya no hay vuelta atrás.
Llamó a Valentina.
Ella bajó en pijama.
—Ajá, bro, ¿cómo andas?
Lo abrazó.
—Pasa.
Samuel entró.
Valentina comenzó a grabar videos.
Pusieron una serie.
Samuel miraba el celular.
Dile.
Ahora.
No, espera.
¿Cuál es el momento perfecto?
No existe un momento perfecto.
Dile.
Sonó el teléfono.
Era Camilo.
—Bro, ya nos tenemos que ir. Dile de una vez.
—Mmm, vale. Ya voy.
—Confía en nosotros. No te vamos a dejar morir. Pase lo que pase, estamos contigo. Así que dile antes de que arranque sin ti.
Camilo colgó.
—Me colgó de la nada, maldito.
—¿Qué pasó? —preguntó Valentina.
—Nada.
Samuel respiró.
—Oye... ¿te puedo contar algo?
—¿Qué?
—Es algo que escribí. Una especie de historia.
Valentina sonrió.
—Mmm, saliste escritor. A ver, cuéntamela para burlarme un rato de ti.
Samuel abrió las notas del celular.
Le temblaban las manos.
Si digo una palabra, ya no hay vuelta atrás.
Después de esto puede que sea la última vez que la vea.
¿Por qué estoy haciendo esto?
Porque si no lo hago, voy a arrepentirme.
¿Y si lo hago y también me arrepiento?
Valentina estaba sentada frente a él.
Por primera vez había dejado de bromear.
Parecía entender que algo importante estaba pasando.
Samuel tragó saliva.
Que sea lo que Dios quiera.
—Bueno... aquí voy.
Samuel realmente no tenía una historia.
Solo tenía una carta de despedida.
Pero no quería decirle directamente lo que sentía, así que había creado un cuento para poder esconderse detrás de él.
No se le daba bien improvisar.
Y necesitaba una forma de hablar sin que la ansiedad lo hiciera salir corriendo.
—Bueno... esta historia se llama No eres un capricho.
Samuel respiró.
—En la Edad Media existieron dos personas. Un chico a punto de ir a la guerra y una chica que tenía miedo de que él no volviera con vida. Para tranquilizarla, el chico le hizo una promesa: que siempre estarían juntos.
Valentina lo escuchaba.
Samuel la miró por un segundo.
Está escuchando.
Bien.
No pares.
—Pasaron los meses. Ella seguía esperando noticias, creyendo que él regresaría. Pero antes de que eso sucediera, el reino fue invadido por el enemigo. Arrasaron con todo. No importaba si eran hombres, niños o mujeres.
Samuel respiró.
—El chico estaba regresando cuando ocurrió todo. Él y sus tropas lograron detener la masacre. Muchos murieron y muchos quedaron heridos. Entre esos heridos estaba la chica.
Samuel miró nuevamente a Valentina.
Dios, ya.
Dilo.
—El chico fue rápidamente a recibirla para pasar sus últimos momentos con ella. Y antes de despedirse, le dijo...
Samuel hizo una pausa.
—«No eres un capricho.
No eres una casualidad.
No eres solo una persona que provoca reacciones químicas en mi cerebro; me niego a pensar eso.
Tú eres la razón por la que todavía creo en las verdaderas amistades, en el amor, en la compasión, en la empatía, en que la vida no es solo un cúmulo de decisiones sin propósito mientras esperamos algún supuesto "después", sino que vale la pena vivir cada momento como si fuera único porque no sabemos qué hay más allá.
He hablado mucho conmigo mismo, con amigos, con psicólogos y hasta ayer hablé con Dios.
Todos me dieron una respuesta.
Una que no me gusta admitir porque me da miedo.
No porque no sepa cuál es la respuesta, sino porque la sé y no soy lo suficientemente fuerte para aceptarla.
Porque aceptarla significa, al mismo tiempo, aceptar que voy a perderte.
¿Sabes por qué nunca pensé que no me importaba la gente?
Porque no puedo verte como un capricho.
No puedo verte solamente como una atracción.
No puedo pensar que eres solo un pensamiento intrusivo.
No puedo pensar que no te amo.
Y no hablo de ese amor de película o del que nos cuentan de niños, donde te enamoras y tienes que casarte con esa persona por la que tanto sientes.
Tampoco hablo del amor de infancia donde los protagonistas se conocen desde pequeños, se dan cuenta de sus sentimientos cuando son adultos y terminan viviendo felices juntos.
Ni del cliché de ser la persona indicada en el momento perfecto, con los ánimos correctos y la situación adecuada.
Mi amor va más allá.
No se define por lo que pase después.
Porque independientemente de si ya no estás en mi vida, siempre te amaré.
Independientemente de lo que seamos, te amaré.
Independientemente de si estoy vivo o muerto, igual te amaré.
Y así diré la blasfemia más grande de la historia mientras, al mismo tiempo, le pido ayuda —casi rogándole— a Dios.
Porque no importa si el mundo, el universo, el cielo, el infierno, el limbo, el tiempo, el todo o la nada desaparecen.
Lo único que no desaparecerá es el hecho de que te amo.
No hay vida que pueda cambiar eso.
No hay tiempo que pueda cambiar eso.
No hay realidad que pueda cambiar eso.
Y no hay un Dios que pueda cambiar eso.
Me haces reír, me haces llorar, me haces preocuparme, me haces sentir algo muy difícil para alguien como yo.
Lo sabes porque me conoces bien, así como yo te conozco a ti.
Hemos vivido más cosas juntos que las que hemos vivido por separado.
Y aun después de tantos años de amistad sigo sintiendo interés por tu día, por tu futuro y por tu pasado.
Quiero ser parte de eso.
Parte de tu historia.
No solamente como un expectante.
No solamente como un oyente.
No solamente como un personaje secundario.
Quiero ser el coprotagonista.
De verdad quiero serlo.
Tanto de las historias presentes como de las futuras.
Todo esto te lo digo porque, así como te amo, no puedo mentirte.
Así como casi nunca te he mentido.
Así como alguna vez dijimos que no habría una verdadera amistad si algún día pasaba lo que ahora mismo está pasando.
Y lleva meses pasando.
Tengo miedo.
Estoy asustado.
Tengo la garganta temblando, las manos sudando, el corazón acelerado y casi lágrimas en los ojos.
Después de esto solo hay dos opciones:
O me voy por esa puerta y no me vuelves a ver, pero siempre contando conmigo si necesitas algo...
O sigo siendo parte de tu historia como un coprotagonista.
Te amo, Valentina.
Y no puedo ser solo tu amigo».
Samuel dejó de leer.
Levantó la cabeza.
Valentina estaba llorando.
Completamente quebrada.
Samuel sintió un vacío en el pecho.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Samuel quería una respuesta.
Valentina no sabía qué decir.
El teléfono volvió a sonar.
Camilo.
Samuel miró la pantalla.
—Bueno... ya Camilo debe estar desesperado por regresar.
Miró a Valentina.
—No quiero que me digas lo que piensas ahora. Estaré esperando tu mensaje.
Valentina permaneció en silencio.
Los dos salieron.
Bajaron las escaleras.
Llegaron a la reja.
Se miraron.
Y se abrazaron.
Samuel cerró los ojos.
No quiero soltarla.
Pero tuvo que hacerlo.
Camilo comenzó a pitar.
Samuel se separó.
Caminó hacia el carro.
Su rostro parecía una estatua.
No estaba feliz.
No estaba triste.
No estaba enojado.
Simplemente todavía no había procesado lo que acababa de ocurrir.
—¿Y qué te dijo?
—¿Te respondió?
—¿Se besaron?
Samuel escuchaba las preguntas de sus amigos.
—No sé.
No tenía ganas de hablar.
Solo quería llegar al partido de Camilo.
Tal vez verlo ganar y celebrar algo sería suficiente para cerrar aquel día.
Los siguientes días fueron extraños.
Samuel esperaba.
Sabía que Valentina no iba a poder mirarlo a los ojos tan fácilmente.
Si la respuesta fuera buena, probablemente ya me habría dicho algo.
Entonces... ¿por qué estoy esperando?
Desde ese acontecimiento, pasaron los días.
Una noche, a las siete y media, su celular vibró.
Era ella.
Samuel sintió frío.
La mano empezó a temblarle.
Ya está.
Esta es la respuesta.
Había llorado durante noches como nunca antes.
Ni siquiera el día de la muerte de su padre había llorado así.
Y ahora necesitaba saberlo.
Estaba con Camilo y Angie.
Los dos estaban a su lado.
Samuel abrió el mensaje.
Comenzó a leer:
«Hola, Sami.
Me tomé un tiempo para pensar en todo lo que me dijiste y, antes que nada, quiero que sepas lo importante que eres para mí y cuánto valoro nuestra amistad.
Eres una persona increíble. Siempre has estado ahí cuando te necesito y, aunque no siempre te lo diga, eso significa muchísimo para mí. No cualquiera llega a ocupar un lugar así en mi vida, y tú te has ganado ese lugar.
Lo que siento por ti es un cariño muy grande y muy profundo, pero es un cariño como el que siento por un hermano.
Sé que decirte esto puede ser raro o incluso incómodo, pero prefiero ser sincera contigo porque te respeto y porque nuestra amistad significa demasiado para mí.
Creo que tal vez pudiste confundirte con lo que sentías por mí, y no te culpo por eso. Cuando existe una conexión tan fuerte y tan bonita como la nuestra, supongo que es fácil que los sentimientos se mezclen o que uno termine interpretando las cosas de otra manera.
Pero precisamente por eso quería hablarlo contigo. No quiero alejarme de ti ni que pienses que esto cambia lo que eres para mí. Solo no quiero que te hagas expectativas que puedan terminar lastimándote o que hagan que algo tan genuino y especial como nuestra amistad se vuelva complicado.
Ojalá puedas entenderlo. De verdad quiero que podamos seguir compartiendo esta amistad tan linda que tenemos, porque para mí vale muchísimo.».
Samuel terminó.
Angie fue la primera en hablar.
—Parce, ella está fingiendo demencia con tal de no perderte.
—Pa' decirte eso, mejor que no te diga nada —dijo Camilo.
Samuel tenía los ojos llorosos.
—Pues yo la entiendo. Es un golpe muy duro para ella. Tuvo que impresionarla mucho.
Camilo lo miró.
—Yo creo que te mereces una respuesta en persona.
—¿Tú crees?
—Claro. Tú le dijiste todo en la cara. Que ella haga lo mismo.
—Pero ella no es Samuel —dijo Angie.
Camilo la miró.
—¿Estás del lado de ella?
—Para nada. Pero también hay que entender que, a diferencia de Samuel, Valentina solo tuvo tres días para procesar todo esto. Él llevaba meses.
Samuel volvió a mirar el celular.
Tal vez sí debería verla.
Tal vez sería mejor.
Tal vez...
Abrió la grabadora.
—Hola, Valentina. No creo que lo mío sea confusión. Como te lo dije en mi carta, de verdad te amo y no quiero ser tu mejor amigo; quiero que seamos más que eso. Si prefieres, podemos vernos y hablar en persona sobre el tema.
Envió el audio.
Angie lo miró.
—Amigo, ¿de verdad la quieres ir a ver?
Samuel bajó la mirada.
—No lo sé.
Hizo una pausa.
—Solo sé que quiero verla una última vez.
Camilo y Angie se quedaron callados.
Samuel no era el típico chico al que le importaran demasiado las cosas románticas.
Tampoco solía mostrarse vulnerable.
Y mucho menos decía cosas que pudieran hacerlo quedar por debajo de alguien.
Pero esta vez era diferente.
Antes de que Camilo pudiera responder, llegó el mensaje.
Era un audio.
Samuel miró a sus amigos.
Ellos asintieron.
Lo reprodujo.
—«Lo siento, Sami. No creo que se pueda. Si ya todo está más que claro y tienes claros tus sentimientos, entonces no creo que haya nada que hablar».
Samuel se quedó mirando el celular.
Angie explotó.
—¡Ah, ¿y a ella qué es lo que le pasa?! ¡Ni se despidió bien! Tan bonito que fuiste con ella y ¿deja morir las cosas así?
Camilo negó con la cabeza.
—¿No ves lo que te decía?
Pero Samuel no respondió.
Solo pensaba.
¿Hice lo correcto?
¿Y si hubiera esperado?
¿Y si ese día no hubiera dicho nada?
¿Habría cambiado algo?
¿Y si la hubiera esperado otro mes?
¿Y si nunca le hubiera dicho?
Tal vez seguiríamos hablando.
Tal vez seguiríamos siendo los mejores amigos.
Tal vez...
Pero no había forma de saberlo.
Después de eso, los tres salieron a tomar granizados.
Camilo intentaba animarlo.
—Hermano, hay más chicas en el mundo. En cualquier momento te hago un dos para dos y conoces gente nueva.
Samuel sonrió ligeramente.
Angie, por su parte, le decía que conectara con su lado espiritual y que, si necesitaba ayuda, ahí estaría.
Samuel escuchaba.
Pero su cabeza seguía en aquel apartamento.
En aquella carta.
En el abrazo.
En la mirada de Valentina.
Pasaron los meses.
Dejaron de hablar.
Nunca se bloquearon.
Nunca se eliminaron.
Simplemente se silenciaron.
Ninguno veía las publicaciones del otro.
Ninguno sabía qué ocurría en la vida del otro.
De vez en cuando llegaba un mensaje.
Feliz cumpleaños.
Nada más.
Samuel siempre esperaba que alguno de esos mensajes fuera diferente.
Que dijera algo más.
Que significara algo más.
Pero nunca ocurría.
Para Valentina, aquellos mensajes parecían ser una forma de no borrar completamente de su vida al mejor amigo que tanto había querido, aunque nunca de la misma manera en que él la había querido.
Para Samuel eran otra cosa.
Eran un pequeño recordatorio de que todavía existía una parte de su vida que no había podido soltar.
Y, al final, lo único que seguía atándolos eran aquellas pulseras.
Dos pequeños pedazos de plata soldados a sus muñecas.
Imposibles de quitar.
Samuel las miraba algunas veces y recordaba aquel día.
Recordaba cómo Valentina lo había arrastrado hasta el local.
Recordaba haber pensado que era una estupidez.
Recordaba haber pensado que, si todo salía mal, al menos tendría aquello.
Y ahí estaba.
Meses después.
Todavía estaba.
Tal vez Camilo había tenido razón.
Tal vez aquello había sido un capricho.
Tal vez Samuel había confundido el amor con otra cosa.
Tal vez había destruido una amistad por algo que nunca pudo tener.
Pero había una cosa que Samuel nunca pudo aceptar.
Para él, Valentina nunca había sido un capricho.
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