Odriozola 134

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Eran mediados de abril del 2001, y tomé un bus que iba por toda la avenida Brasil. Me había puesto mi polo de ocasiones especiales: un Quicksilver negro que me regaló mi viejita en la Navidad del 2000. Me bajé en el paradero del hospital de la Policía, que colindaba con el hospital Militar. Hacía mucho sol; me habían citado a las 14:00 hrs. Tal vez era sábado.
La dirección era Odriozola 134. Caminé usando de referencia los mapas de las Páginas Amarillas que había revisado horas antes, para no perderme. Calculé dos cuadras cruzando desde la Brasil, a la derecha. No encontré la calle. Caminé alrededor de ese barrio de Pueblo Libre por cerca de media hora. Ya estaba tarde. El sol no tuvo piedad en este día rezagado del verano, y tenía la espalda empapada. El cuello también.
Me metí a una bodeguita y pregunté por la calle. Una señora bonachona me indicó que era a la vuelta. Estuvo frente a mis narices y no me di cuenta. Caminé por esa calle de una sola cuadra y encontré la casa. Era de dos pisos, y tenía que tocar el timbre del segundo. Sacó su delicado rostro por la ventana y me hizo un ademán para indicarme que ya bajaba. Bajó a paso ágil, pero agraciada, sin que sus zapatillas hicieran sonido alguno.
—Llegas tarde —me dijo, con una sonrisa inocente, muy propia de ella.
Su cabello estaba dorado por el sol, y su piel, de color naranja, también como consecuencia del mismo astro que a mí me había deshidratado. Me saludó con un beso en la mejilla, y empecé a sudar el doble. Me invitó a subir. Estaban su mamá y su hermano pequeño.
—Pasen al cuarto, ahora les llevo limonada —dijo su madre, mientras se dirigía pacientemente a la cocina.
Me liberé de mi mochila llena de libros y la dejé en su escritorio. Me dijo que tomara asiento en cualquier parte de su cama. Le pregunté sobre su viaje, y me estuvo contando varias cosas que ya no recuerdo. Yo solo la miraba y la escuchaba... o intentaba escucharla.
—Tengo algo para ti —me dijo.
Tomó mi mano y me dio una especie de granero en miniatura que decía «Cuxhaven», lugar en el que había pasado el verano, como parte de un intercambio escolar. Saqué los cuadernos para enseñarle los temas que habíamos avanzado hasta ese momento, desde el inicio del año, que era la razón de ese encuentro.
Nos encantaba estudiar, por lo que las horas se pasaron volando.
—Tomemos un descanso —sugirió.
Se levantó a buscar algo y me mostró, con mucho entusiasmo, su CD de Dawson’s Creek. Abrió la caja, sacó el disco con sutileza y lo colocó en la radio. Puso “Kiss Me” de Sixpence None The Richer.
—Me encanta esta canción.
Y a mí me encantas tú, pensé.
Escuchamos atentamente mientras compartíamos una sonrisa y una chispa inocente, sin saber que, en veinticinco años, seríamos incapaces de volver a sentirnos como en esos cuatro minutos.
Estudiamos un rato más, hasta que el cielo empezó a ponerse azul oscuro, señal de que ya debía irme.
—Gracias, con esto no tendré sorpresas en clase.
Me acompañó a la puerta, y me quedé hipnotizado con el movimiento de sus manos girando la llave para un lado y para el otro. Me dio un beso en la mejilla; le respondí con una sonrisa tímida y caminé hacia el paradero, preguntándome por qué existían calles de una sola cuadra.
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