Ficción literaria
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El deseo de ser escuchadopor Maximiliano Fabian
MAMaximiliano Fabian

El deseo de ser escuchado

4 min leer·8 de noviembre de 2026·
El deseo de ser escuchado

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El deseo de ser escuchado

La historia comienza con Ana, una empleada de una agencia de seguros. Estaba muy emocionada porque le habían confirmado que había sido seleccionada para dar una charla sobre «Perros en la calle» en el bar El Orador, donde se reunía gente muy influyente que podría ayudarla a promocionar y financiar su investigación.

Cuando llegó el viernes, se retiró treinta minutos antes del trabajo para poder prepararse y llegar lo más presentable posible al evento. Revisó por sexta vez que tuviera sus apuntes en el maletín y, al comprobarlo, salió apurada hacia el bar.

Solo habían pasado unos minutos desde la apertura, pero el bar ya estaba casi lleno. Ana distinguió entre el público a personas mayores de cuarenta años. Varios hombres estaban acompañados por mujeres mucho más jóvenes.

Estaba muy nerviosa. Iba a ser la primera en hablar y sabía que, si lo hacía bien, al final de la noche podría conseguir contactos que apoyaran económicamente su proyecto.

Cuando comenzó a hablar, lo hizo con convicción. Estaba segura de que era su momento.

—Hola, mi nombre es Ana y les agradezco por esta oportunidad. Comenzaré diciendo que en los últimos meses aumentó en un quince por ciento la cantidad de perros en la calle. Esto provocó que los centros de reubicación tuvieran hasta cuatro perros por jaula, cuando deberían tener solamente dos.

Así continuó su exposición, mostrando cifras y explicando los detalles de su proyecto.

Unos pocos minutos después, varios hombres del público comenzaron a hablar entre ellos y presionaron unos botones que tenían al alcance de la mano.

—Parece que les está interesando —dijo Ana al ver que algunos hombres conversaban entre ellos y presionaban los botones.

Después de la pausa, Ana continuó con su exposición, pero se dio cuenta de que algo había cambiado. Ya no la miraban. Hablaban entre ellos y continuaban presionando los botones.

Cuando terminó de hablar, Ana decidió retirarse entre lágrimas, creyendo que había fracasado.

Unos veinte minutos después, Juan subió al escenario. Estaba un poco nervioso por lo que le había ocurrido a Ana y esperaba que su presentación saliera mejor.

El proyecto de Juan buscaba conseguir apoyo para abrir otro comedor para personas en situación de calle. Sin embargo, se repitió la misma escena que con Ana. Durante la pausa, algunas personas se levantaron de sus mesas y se fueron a tomar algo, mientras otras ocuparon sus lugares.

Esta vez, Juan decidió irse antes de terminar.

Después fue el turno de Esteban. Su proyecto estaba relacionado con las plantas y buscaba conseguir financiación para desarrollar una investigación que llevaba varios años realizando.

Durante la noche, las mesas continuaron cambiando de ocupantes y Esteban decidió retirarse, admitiendo el fracaso.

Finalmente, solo quedaba el último orador. Pero era distinto a los anteriores.

Era un hombre joven y desaliñado. Tenía los zapatos sucios, la camisa por fuera del pantalón y el nudo de la corbata mal hecho. Su aspecto sorprendió al público.

Por primera vez durante la noche, varios parecieron especialmente interesados. Los botones de las mesas comenzaron a sonar con mayor frecuencia.

El hombre se colocó frente al micrófono.

—Hoy les vengo a hablar del interesante mercado de los paraguas.

Hizo una pequeña pausa antes de continuar.

—Cada vez que anuncian por televisión que se viene una tormenta, la gente decide salir sin paraguas. Cuando comienza a llover, no les queda otra que ir a comprarse un paraguas de mala calidad al primer vendedor de la calle, que logra vender todos en un par de horas y probablemente al triple de su valor.

El hombre continuó hablando con total tranquilidad.

—Lo curioso es que este ciclo se repite. La gente continúa saliendo sin paraguas hasta que termina teniendo cinco en su casa: uno para cada día de la semana.

Tomó un poco de agua.

—Y ustedes se preguntarán: ¿de qué estoy hablando?

Sonrió.

—Bueno, yo lo veo como una especie de casa de apuestas. El vendedor es la casa y siempre sale ganando porque la gente insiste en apostar a que no va a llover.

Miró al público.

—¿No les parece que es bastante parecido a lo que tenemos hoy?

Nadie respondió.

—Ustedes me vieron entrar. Miraron mi fachada, calcularon que no duraría ni dos minutos y apostaron a que me iría rápido. Pero acá me tienen, hablando y divagando sobre temas sin importancia, y no logran que me canse.

Señaló al hombre de la tercera fila.

—Usted. ¿Cuánto apostó en mi contra?

No hubo respuesta.

El hombre sonrió.

—No. Claro que no me va a decir. Porque admitirlo sería reconocer que ustedes apuestan cuánto tarda una persona en darse cuenta de que están intentando romperla.

Miró nuevamente al público. Los presentes se miraban entre sí, atentos a las reacciones de sus compañeros de mesa.

—Y hasta ahora les había funcionado.

Por fin se acomodó la corbata correctamente.

—Pero no conmigo.

El hombre apoyó ambas manos sobre el atril y sonrió.

—Así que tenemos un pequeño problema.

Miró las mesas.

—Si estoy equivocado, pueden levantarse.

Nadie se movió.

—Vamos. Si lo que digo es falso, pueden decirlo y yo me retiro para que no se vayan con los bolsillos vacíos.

Algunos amagaron con levantarse, pero sus compañeros les lanzaron miradas amenazadoras.

El hombre los miró nuevamente.

—Eso pensaba. La casa siempre gana.

Se acomodó frente al micrófono.

—Entonces, como les decía, los vendedores de paraguas...




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StorySloth Publicación verificada

SS-3FB8-B79D
Título

El deseo de ser escuchado

Publicado en

8 November 2026

Recuento de palabras

896

Género

Ficción literaria

Referencia
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Imagen subida por Maximiliano Fabian Kairuz 7 de noviembre de 2026